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“La verdadera identidad de cualquier empresa se conoce a través de la opinión

de las personas que trabajan en ella” 

El fundador de Apple, Steve Jobs, suele compartir historias que han marcado su vida.

Cualquier empresa es un ente vivo que lucha cada día por garantizar su supervivencia. Para lograrlo -y desde antes incluso de su nacimiento-, “desarrolla una personalidad propia, que refleja la manera de pensar, de ser y de hacer las cosas por parte de las personas que la crearon y la lideran”, sostiene Douglas McEncroe, director de la consultora Douglas McEncroe y Asociados, especializada en desarrollo de liderazgo para altos ejecutivos.

Las creencias compartidas por la dirección sobre la forma de gestionar el negocio determinan la conducta que deben adoptar los empleados

El cambio de cultura no puede imponerse; evoluciona mediante la manera que los trabajadores sienten que pueden desarrollar su actividad

Así, “las creencias compartidas por la cúpula directiva sobre la mejor forma de gestionar el negocio poco a poco van determinando los comportamientos, valores y actitudes deseables, es decir, los que la compañía espera que adopten los trabajadores”, añade este experto. Y lo cierto es que el paso del tiempo va “fortaleciendo esta cultura organizacional”, cuya influencia provoca que la gran mayoría de sus miembros terminen actuando de la forma considerada “normal” por la propia empresa.

Modelos mentales

Fruto de “la inercia y la inconsciencia que suelen acompañar a este proceso de adaptación”, McEncroe recomienda “reflexionar periódicamente sobre el grado de satisfacción de los empleados”, de cuyo rendimiento depende la obtención de los resultados esperados. “Al vivir en un mundo en permanente cambio, los modelos mentales y paradigmas impuestos por la cúpula directiva de entonces pueden no ser los más indicados para lograr el mejor funcionamiento hoy”, advierte McEncroe.

No en vano, una vez consolidada e interiorizada, “la cultura organizacional es la que crea, desarrolla y promociona a los nuevos líderes, que a su vez seguirán promoviendo normas y conductas alineadas con los pilares más profundos y antiguos de la empresa”, apunta McEncroe. De ahí que “introducir cambios de comportamientos y de actitudes sea tan complicado”, señala. Y concluye: “Si no se conoce y comprende la cultura, es casi imposible conseguir la transformación necesaria para afrontar los nuevos retos con garantías”.

Debido a este complejo proceso por el que cualquier empresa crea y fortalece su propia identidad, impulsar una nueva cultura organizacional requiere un compromiso a largo plazo. “Por más que se intenten promover nuevos valores y conductas a través de trípticos, la realidad demuestra que las vivencias, historias y opiniones de las personas que trabajan en la empresa son las que verdaderamente marcan la diferencia”, afirma Antonio Núñez, socio director de estrategia de la agencia SCPF y autor de ¡Será mejor que lo cuentes! Los relatos con herramientas de comunicación (Empresa Activa).

Aunque los líderes pueden inspirar dicho cambio a través de su propio ejemplo, “el cambio de cultura no puede imponerse desde afuera -desde la cúpula directiva-, sino que siempre evoluciona desde dentro, mediante la manera que cada uno de los trabajadores siente que puede desarrollar su actividad profesional”, añade Núñez.

Lo cierto es que hoy en día, “la credibilidad de una empresa empieza y casi termina por la opinión que tienen de ella sus propios trabajadores, que pueden ser los mejores o los peores embajadores de la compañía”. Según una reciente encuesta elaborada por el Barómetro de Confianza Edelman, el 63% de los empleados comparten información de la empresa con otros compañeros; el 67%, con su familia, y el 75%, con sus amigos. “Este tipo de conversaciones son las que relatan con mayor objetividad de dónde viene la organización, quién es y hacia dónde va”.

Relatos íntimos

Cada vez más directivos aprovechan ciertos discursos o conferencias para explicar vivencias personales que les han hecho ser los profesionales que hoy son. Entre otras historias memorables, los expertos en liderazgo y comunicación destacan la relatada en 2005 por el fundador de Apple, Steve Jobs, durante la ceremonia de graduación de la universidad de Stanford.

En aquella ocasión, Jobs confesó haber invertido los ahorros de sus padres en la matrícula de una universidad carísima, para que seis meses después decidiera abandonarla por no encontrarle sentido. Meses después, sin apenas dinero y coqueteando con la indigencia -dormía en el suelo de las habitaciones de sus amigos y recogía botellas de Coca-Cola por 5 céntimos para pagar la comida-, Jobs se apuntó a unas clases de caligrafía que despertaron su curiosidad. Una década más tarde, dicho aprendizaje sentaría las bases de los diseños de la computadora Macintosh, copiados después por Windows.

“No se puede predecir el sentido de las cosas mirando hacia delante, sólo mirando hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que las cosas tendrán sentido alguna vez en el futuro. Tenéis que confiar en algo: en vuestro instinto, en el destino, en el karma o en lo que sea. Esta forma de actuar y de pensar nunca me ha decepcionado, y ha marcado la diferencia en mi vida”, concluyó su discurso Jobs.

Hace un mes tuvimos la suerte de acudir a un encuentro con Judy Rogers, consultora en Comunicación y Estratega en Comunicación, Directora ejecutiva del Centro Weatherhead School of Management y muy ligada a “Building Communities” que en palabras de ella, se trata de un proyecto llamado a “humanizar la empresa”.

Coincidimos con Steve Jobs, coincidimos con Judy Rogers y con muchos otros que piensan que en descubrir qué le da vida a un sistema, y qué le da fuerza, está la clave para que éste funcione y lo haga de manera sostenible.

Nota: Este articulo está extraído de una publicación de El País, en su sección Gestión y Formación.

La publicidad es arte? Larga discusión. Lo que diremos aquí, inaugurando esta categoría de Publicidad, es que dejando de lado sus diferentes propósitos, al menos tienen ciertos puntos en común.

Los artistas, expresan los intereses, vivencias, cuestionamientos, miedos, preocupaciones, anhelos, deseos, frustraciones, sueños… propios y de sus contemporaneos.  Los publicitarios, de diferente manera, también.

Este será un escaparate donde mostraremos aquella publicidad que tenga, a nuestro juicio,  la intención de ubicarse lo más cerca posible de una expresión artística.

Comenzamos con una buena muestra de síntesis y humor.  ¿Quién puede negar lo contemporáneo que resulta este anuncio? Además tiene que ver con algo que a nosotros nos preocupa y ocupa: la sostenibilidad en el trabajo…

 

Ilana Yahav es una artista consagrada que realiza increibles videos donde se la ve ilustrando con arena sobre un vidrio transiluminado. Verán cómo sus composiciones artísticas cambian en cuestión de segundos acompañadas de buena música y delicados movimientos. Ilana se suma a aquellos artistas asombrosos que le dan brillo a la creación, la imaginación y el talento del ser humano.
 Aquellos que nos dan ganas de compartir. Disfrutadlo. 
site: sandfantasy.com

 

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Ante la página en blanco la mente se nubla, duda un poco. Es entonces cuando uno aparta la vista y comienza a buscar ayuda. Alguien que vislumbro como un padrino de este blog en el futuro, o por lo menos un asiduo ilustre visitante, nos va a contar cómo se enfrentaba él al papel en blanco. El señor Jorge Luis Borges nos dice:

Cómo nace un texto.

Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder. En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí “eso es una solución personal mía”, creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo “si se trata de un cuento porteño”, lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: “No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión.”

 

El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula “por fantástica que sea” crea, por el momento, en la realidad de la fábula.”

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